Con firma — 10 Abril 2012
Pegados a la pantalla

 

Antonio Laguna Platero/Decano de la Facultad de Periodismo de la UCLM

Es el sino de los tiempos: somos porque lo vemos. Con todas sus ventajas derivadas de la inexistencia de filtros intelectuales y con todos los peligros provocados por las polisemias de las imágenes. Nunca una parte sustancial de la humanidad tuvo entre sus posibilidades de conocimiento y comunicación instrumentos tan poderosos como los telemáticos actuales. Hasta tal punto que no resulta excesivo afirmar que cada vez más gente vive pegada a una pantalla.
En efecto, los habitantes del planeta que ocupamos la reducida parte que goza de un mayor nivel de desarrollo económico, nos pasamos una parte cada vez más importante de nuestro tiempo pegados a un teléfono, a un ordenador, a una televisión, en suma, a una pantalla. De acuerdo con los datos ofrecidos por la Asociación para la Investigación de la Comunicación, en marzo de 2011 el 88% de los españoles mayores de 14 años ha visto todos los días la televisión una media de 230 minutos, es decir, casi cuatro horas. Sin llegar a estas cifras, pero creciendo a un ritmo acelerado, el universo de Internet nos acapara. Según ComScore Media Metrix en su último estudio, el promedio de minutos por visitantes en marzo de 2011 fue de 1.474, registrándose una audiencia total de 23.495.000 usuarios. En este consumo, la participación en redes sociales ocupa el tercer lugar por tipo de uso, produciendo una media de 345 minutos por visitante. Facebook cuenta ya con más de 12 millones de usuarios en España, con un crecimiento de un 50% respecto al estudio anterior. Tuenti sigue siendo la segunda red social de nuestro país con 8.610.000 usuarios. Es el site móvil número 1 en España con 30.000 instalaciones cada semana. Estamos, por tanto, abriendo la puerta de un nuevo mundo por lo que a la comunicación social se refiere. Una nueva etapa superior a la era Gutenberg que Manuel Castells ha identificado como Galaxia Internet, donde el rasgo más destacado es la articulación social y económica en torno a la red.

“Mientras el televidente
se ha hecho cada vez más
pasivo, el internauta es quien
selecciona qué ver o qué leer”

No hay duda, Internet ha irrumpido en nuestras vidas provocando serios y profundas mutaciones. Por ejemplo, ha modificado la forma de hacer negocios, multiplicando la globalización y la interdependencia de los mercados financieros, al tiempo que ha dificultado enormemente cualquier sistema de regulación o control, tal y como demuestra la actual crisis económica en la que nos encontramos.
Internet ha sido la plataforma desde la que se ha empezado a construir nuevos sistemas de formación y enseñanza (e-learning), integrando los factores pedagógicos básicos, incluido el profesor, con el uso de las tecnologías de la información para interactuar a distancia con el alumno. Nuestra Universidad es un claro ejemplo de hasta qué punto la red ha cambiado las formas y herramientas de trabajo tradicionales. Finalmente, Internet ha introducido un nuevo sistema de relaciones sociales, centrado en el individuo, que implica la privatización de la sociabilidad. El nuevo ámbito de relación carece de limitaciones físicas y las posibilidades de establecer contactos es infinita. Es el nuevo mundo de las comunidades virtuales, sustitutas de los patrones clásicos vinculados especialmente con el territorio y la localidad como elementos referenciales primarios.
La amplitud de los cambios comporta también importantes efectos sobre las actitudes y los aprendizajes. Hace ya algo más de una década que el politólogo italiano, Giovani Sartori, advertía de los efectos que la televisión podía estar generando en los más jóvenes. El elevado consumo que se produce en esta franja de edad, junto con la deriva sensacionalista de los contenidos, llevaba a Sartori a pronosticar la mutación del homo sapiens en detrimento de un nuevo homo videns, caracterizado por perder la capacidad de abstracción y con ella la capacidad de entender conceptos e ideas. Discutible hipótesis, pero no por ello menos inquietante. Porque, entre otros aspectos, está confirmado que la televisión, como el cine, infatiliza sus contenidos y sustituye la complejidad del texto por la emotividad de la imagen para captar mayor número de seguidores. El resultado es un consumo cada vez más acrítico, lo que a juicio de J. A. Marina podría provocar una renuncia a la elección ética y moral, que en última instancia “nos mantiene alertas, en vuelo, vivos, alejados de la facilidad, el automatismo, la inercia, la rutina de la vida animal”.
Internet, en términos generales, sigue la misma estela y sus contenidos se adecuan a esta exigencia de distracción antes que reflexión. La diferencia fundamental es que mientras el televidente se ha hecho cada vez más pasivo a pesar del mando a distancia y de la oferta de canales, el internauta es quien selecciona qué ver o qué leer. Hasta tal punto que son varias las tecnoutopías aparecidas últimamente que auguran una sociedad de individuos libres, autogestionaria y sin poder de regulación, donde cada ciudadano participa e informa en la red de sus inquietudes y necesidades. De ahí el vaticinio del fin del periodista como mediador profesional entre la noticia y la sociedad; o de ahí la muerte de la política tradicional y de sus formas de comunicación frente al “ciberactivismo” que se desarrolla en la blogesfera (De Ugarte, 2007).
En cualquier caso, los alumnos de una universidad como la nuestra no son ajenos a todo este tipo de efectos. Ni tampoco los profesores, necesitados de una comunicación eficaz como premisa básica para ejercer su actividad. El reto, por tanto, es saber cómo una institución como la nuestra, cuya razón de ser es el desarrollo intelectual y la formación de capacidades, puede competir y/o adaptar la pantalla que jalona el devenir cotidiano de todos nosotros.

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Pepa González Oliva

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